Por José Abril

 Dice el cineasta sueco Ingmar Bergman que no hay palabra más fascinante que  “persona” porque su sentido es más complejo de lo que parece.

Es, en origen, máscara,   recursos y artificios infinitos que cubren, acentúan y distorsionan una realidad - en particular la del rostro, en general la de la personalidad- para significarla,  y es a la vez ese rostro y esa personalidad que ha decidido ocultarse por múltiples razones. Persona- continúa- son los dos lados del rostro, el falso y el verdadero, el personaje y actor, simulacro y verdad, ilusión y realidad. Resulta irónico –concluye- que el término ahora haga referencia indistintamente a nosotros mismos. “Persona” es el título de una célebre película del realizador, y podría ser el concepto que atraviesa sin problema alguno la obra íntegra de la fotógrafa Cindy Sherman.

Bergman y Sherman riman con enorme facilidad pero entre ellos hay un abismo de diferencia. Generacional y estéticamente hablando sus preocupaciones tal vez sean irreconciliables, pero no hay mejores palabras que expliquen el arte de esta autora que las expuestas por el cineasta al explicar el suyo. En su propio universo Sherman es la persona: rostro y máscara, actor y personaje, verdad y simulacro. En cada una de sus fotografías –o por lo menos una buena parte de su extensa producción- Sherman es la persona que se convierte en otra. Es, en si misma, la realidad que ante la cámara se trasviste, transforma, distorsiona, altera para expresar y significar a muchas más.

Para Sherman todo eso significa juego, y es esa idea del juego que impregna su obra lo que le ha dado trascendencia. Pocos fotógrafos se han tomado con tanto humor este asunto, y es el humor de este juego lo que permite ver en Cindy Sherman una artista irreverente. Jugar a mirarse a sí misma siendo otros para disolver esa fría distancia que coloca al fotógrafo en una posición superior y privilegiada frente aquella del sujeto que es visto. Sherman apuesta por lo radical en una feria de identidades que le permite exponerse  por partida doble: ante el ojo de su cámara y ante la mirada de aquellos que la contemplan desde el escarnio, la fascinación o el rechazo. La artista  puede encarnar, para su cámara y para nosotros, lo ridículo y lo sublime, lo patético y lo terrible, lo naive y lo perverso, lo vivo y lo muerto, la fragilidad y la fortaleza. En la puesta en escena, su capacidad camaleónica es fundamental,  puede ser la bella y la bestia, caricatura grotesca o personificación naturalista.

En el juego de las identidades, y a la vez de las representaciones, Sherman ha insistido en considerarse una artista moderna, pero los rasgos característicos de su obra permiten verla como una de las precursoras y representantes de la fotografía posmoderna.  Las alusiones y referencias al melodrama cinematográfico de los 50’s (las series “Untitled Film Stills” , “Rear Screen Projections” y “Centerfolds”), la parodia grotesca de otras formas de representación visual (de las pinturas de Caravaggio o de Bouquet en la serie “History Portraits”, de los retratos ordinarios de gente común en la serie “Hollywood/Hampton Types” o de la fotografía de modas en “Fashion”), la relectura siniestra y escatológica de los cuentos infantiles (en la serie “Fairytales & Disasters”) o el homenaje en clave de porno hardcore marcadamente artificial al fotógrafo erotómano Hans Bellmer en la polémica serie “Sex Pictures” . Desde sus primeras series hasta las más recientes la autora ha utilizado las claves de la intertextualidad, propias del arte posmoderno, en diálogo constante con otras manifestaciones.

 Cindy Sherman  es máscara, gesto, artificio: la persona que ante la cámara se convierte en todas las personas en quienes podamos reconocernos nosotros mismos.

Cindy-Sherman (2)

Untitled #359

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One Response to "Cindy Sherman, retratos de un universo de esquizofrenia"

  • Número F
    26/02/2013 - 8:00

    Gracias por el comentario, lo haremos llegar al autor del artículo. Por otro lado, qué factores consideras?

    Saludos, CPark.