David Sher y el Deletismo, la fascinación por el vacío

Por  Omar Bravo

El acto de equiparar el vacío con la oscuridad absoluta, dice David, es una parte importante de nuestro imaginario cultural occidental. Desde muy pequeños y por muy distintas vías, hemos aprendido a aterrorizarnos ante la ausencia de luz. En occidente hemos sido particularmente prolíficos en la construcción de discursos que parten de los conceptos luz versus oscuridad, blanco versus negro, como nociones contrapuestas con una gran carga simbólica. Para David sin embargo, familiarizado desde hace algunos años con la práctica búdica,  no existe nada más aterrador que la presencia absoluta de la luz en la que cualquier indicio de forma o silueta, producida por contraste, es inexistente. Es el vacío luminoso del blanco total (The luminous emptyness del Budismo) con el que los orientales se encuentran mucho más relacionados culturalmente que nosotros.

Desde esta perspectiva, y dentro de la dinámica del trabajo fotográfico de David Sher, la imposición premeditada del vacío, como elemento final y definitorio en la construcción de la imagen, replantea la existencia de la forma en su elemento más puro y posibilita el surgimiento de un discurso en el que  las categorías simbólicas “forma” y “vacío” redireccionan significativamente su valor narrativo frente al espectador.

Porque la imagen, dice David, al ser sujeto y circunstancia en sí misma, se encuentra indisolublemente ligada al acto narrativo. Plasmar la imagen es capturar alguno de los estadíos posibles de la historia humana, congelarlo bidimensionalmente. El disparo inmoviliza de manera definitiva al sujeto/objeto y los accidentes probables que lo definen. Al disparar el obturador, la línea de los eventos se detiene entonces en alguno de los puntos consecutivos que al desplazarse la trazan. Este punto irrepetible, trasladado al soporte, concentrará en sí mismo, y  de manera unívoca, la representación de la historia. Al mismo tiempo, sin embargo, posibilitará el surgimiento de sentidos de manera infinita. Luz y oscuridad como elementos primordiales, reitera David, han jugado su parte en la elaboración de un discurso que nos construye y explica.

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Es sólo después de ese proceso, cuando la imagen final ha sido ya fijada en el soporte digital, que entra en juego el Deletismo, como David lo concibe. Lo que en un primer momento ha sido sostenido por las distintas tonalidades del negro, enmarcado en ellas, la “forma” que ha sido validada como presencia a través del juego de los contrastes, perderá su soporte original y será confrontado con la ausencia de referentes colindantes:

“Cuando remuevo el soporte, la fundación primordial en la que las cosas se detienen, pareciera que caerán en el vacío. Pero esto nunca ocurre”, menciona Sher.

En este proceso, el autor pretende establecer un nuevo juego significativo entre los elementos de la toma, reposicionando las categorías composicionales a través de la eliminación deliberada de las zonas oscuras presentes en la imagen.

Practicante de algunas doctrinas orientales desde hace algunos años, David Sher se plantea la posibilidad de rescatar una de las paradojas dhármicas del Budismo y aplicarla a su muy particular visión del ejercicio fotográfico. Partiendo de la enigmática premisa budista “forma es vacío y vacío es forma” David intenta hacernos ver la “ausencia total” como el terreno de cultivo de las múltiples formas del cosmos, incluso las más ordinarias. “En el vacío”, nos dice “la imagen se encuentra contenida potencialmente, y viceversa. Las enseñanzas de Buda nos enfrentan con esa contradicción; nada es real y todo es real, todo es una ilusión y todo existe al mismo tiempo en múltiples niveles”.

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Sin embargo, el Deletismo (que Sher ha denominado también Ecografía, o escritura ecológica) no fue un descubrimiento espontáneo. La historia reciente del movimiento se encuentra indisolublemente ligada a las personales condiciones de existencia del fotógrafo, quien ha sido, hay que decirlo, un hombre sin hogar durante los últimos años. Esa fue, precisamente, la razón de que nos conociéramos en uno de los albergues para hombres desamparados que existen en la ciudad de San Francisco, California, en la que Sher, nacido en Broklyn, Nueva York, en 1949,  ha vivido como  homeless desde hace cerca de siete años.

A este respecto, y no sin cierta irónica sonrisa, el fotógrafo concede que el Deletismo constituye una especie de metáfora de su vida en California. “La vida me ha quitado casi todo, dejándome únicamente con lo esencial” dice Sher. “Mis primeros intentos Deletistas ―continúa― estaban encaminados a ahorrar un poco de dinero al momento de hacer las impresiones, pues las zonas oscuras siempre consumían demasiada tinta, y yo no podía pagar siquiera eso.

Después de algunas tomas completas, descubrí que había una fuerza inusual en el proceso de recortar las imágenes. En ese entonces hacía la limpieza diaria en un hostal que primero había sido prostíbulo y luego, irónicamente, un hospicio para enfermos terminales de SIDA. La paga alcanzaba apenas para mis necesidades más inmediatas, y la fotografía, tal como ahora, constituía para mí un verdadero lujo. De esa manera surgió todo. Básicamente una debilidad, el carecer de los medios necesarios, se transformó en una fortaleza”.

Descendiente directo de inmigrantes rumanos (entre los que se encontraba una abuela que decía poseer poderes síquicos), que arribaron a Estados Unidos a finales del siglo diecinueve a través de Ellis Island, David Sher se toma el tiempo necesario para responder a mis preguntas finales en esa pequeña cafetería del distrito de la Misión, apura un sorbo de su bebida, deja que el calor del café impregne cada una de sus palabras.

“Todavía estoy descubriendo los fundamentos del Deletismo, todavía los construyo”, asegura. “De alguna manera, y pido perdón por la comparación, me gusta pensar en la forma en la que Miguel Ángel describió el proceso de su arte escultórica cuando le preguntaron cómo es que había podido esculpir una obra como La Piedad: “sólo extraje el mármol que no era necesario” fue su respuesta”.

Pronto empezó a oscurecer, y mientras afuera la temperatura descendía rápidamente, la atmósfera en el café adquiría un tono mucho más animado. Como sea, David y yo teníamos que despedirnos, la hora de entrada en el albergue se acercaba y el artista tendría que caminar un buen trecho para llegar a tiempo. Estrechamos las manos entonces, y de esa manera terminaba el primero de los encuentros que sostendríamos para hablar acerca de su trabajo fotográfico y de su vida. En éste, Sher me compartiría de manera memorable no sólo su fascinación por las múltiples posibilidades discursivas del vacío en el lenguaje fotográfico, sino también su fascinación por la vida y por el cultivo del espíritu.

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