El Sásabe: migración en la ruta del desierto

El predio Las Ladrilleras se encuentra junto a la carretera que va del municipio de Altar a la comisaría de El Sásabe, a 7 kilómetros de la frontera Sonora-Arizona. Por su ubicación, el lugar representa el punto de entrada a las terracerías que llevan por el desierto hacia los puntos de cruce en el límite México-EUA.

Hace unos años, el padre Prisciliano Meléndrez, encargado de la iglesia del municipio de Altar,  soltó entre la conversación una frase que describe con agudeza la magnitud y el impacto humano que alcanza la migración en México. “Por esta vereda, han pasado pueblos enteros”, dijo en referencia al alto número de personas que han cruzado al otro lado por los caminos alrededor de Las Ladrilleras y El Sásabe. Y es verdad, pueblos enteros han quedado vacíos por esta ruta.

Cuando la pinza del control y la política migratoria se fue cerrando, el desierto de Sonora se configuró como una barrera natural para reducir el paso de personas y a la vez dejar abierta una brecha en la frontera para que el tránsito no terminara del todo. La práctica no es nueva si se piensa al menos desde la década de los 90 en la construcción de barreras en polos urbanos y otros programas implementados entre el Océano Pacífico y el Golfo de México, tales como la puesta en función de los operativos Bloqueo (Texas, 1993),  Gatekeeper (San Diego, 1994) y Río Grande (Texas, 1997). Estos operativos siguieron al aumento en la migración de la década de los 80, que fue agudizada por la intervención estadounidense en los conflictos armados en países como Guatemala y El Salvador, así como por las deportaciones masivas previas a la realización de los juegos olímpicos Los Ángeles 1984, con las cuales se exportó a Centroamérica el modelo de organización de las pandillas angelinas y mexicanas, con un efecto devastador en la estabilidad del Triángulo Norte.

Además del territorio y la temperatura, el desierto que había sido zona de operaciones del crimen organizado para el trasiego de drogas, a partir del 2007 se convirtió en una zona de mayor riesgo cuando los mismos cárteles gradualmente se apropiaron del tráfico de personas y el control de la actividad económica derivada como transportación, hospedaje y alimentación. En qué momento y de qué forma ocurrió está algo borroso porque en realidad ya estaban ahí. Testimonios de los habitantes en Altar señalaban en esos años que el narco podía disponer de las rutas y desalojarlas a discreción para evitar que la migración llamara en exceso la atención y atrajera operativos de vigilancia a la zona. Entre aquellas medidas de disuasión, estaba la quema de camionetas utilizadas como transporte, la agresión directa a los conductores y los secuestros masivos de migrantes; otro método utilizado fue el cierre completo de las rutas durante varios días, con lo que llegaron a acumularse hasta 2000 personas en Las Ladrilleras, un predio ocupado por 77 personas en el 2005 y que para el 2010 ya contaba con una población total de 11 personas (según datos oficiales).

En ese tiempo, durante la temporada alta se registraban cien viajes por día que representaban un flujo de 1500 personas, las cuales (sin incluir el costo de los coyotes o guías) pagaban tres cuotas en un solo recorrido: primero por el traslado de cien kilómetros entre Altar y El Sásabe, luego por el viaje de Las Ladrilleras hacia los puntos de cruce, y finalmente por el derecho a esperar en alguna de las construcciones en ruinas cercanas a la línea divisoria entre los dos países. Aproximadamente un millón de pesos diarios que se repartían las personas involucradas en el recorrido. Para el 2014, el crimen organizado ya acaparaba todos los productos y servicios derivados; se había colocado una caseta con pluma de acceso vehicular en la terracería hacia El Sásabe y si las personas no conseguían cruzar o desistían por cualquier razón de su intento, para descorrer la ruta hacia el sur y abandonar el municipio de Altar había que pagar otra cuota.

Thelma Gómez escribe en el micrositio En el camino:

La queja se escucha en cada esquina, en cada comercio de Altar. En una tienda de abarrotes la oigo una vez más. Ahí el comerciante me lanza una frase:

—Ahora, el botín ya lo tienen ellos (el crimen organizado). Ellos se quedaron con todo el botín y ya no sueltan nada para nosotros. —dice el comerciante de unos cincuenta años. Cuando termina su frase, se sonroja y repara en sus palabras— Bueno, suena mal que digamos que es el botín, ¿verdad?

Para leer más: Vivir de los migrantes.

Migración en Altar y El Sásabe, desierto de Sonora - Fotoperidismo - Foto-Alonso Castillo (1)

Carretera a El Sásabe en la entrada a la colonia Las Ladrilleras, en el desierto de Sonora. Foto: Alonso Castillo

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Las construcciones abandonadas funcionan como refugios temporales en Las Ladrilleras. Foto: Alonso Castillo

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“Puro Sinaloa”, una referencia a los grupos que controlan el desierto de Sonora. Foto: Alonso Castillo

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Migrantes a la espera. Colonia Las Ladrilleras. Foto: Alonso Castillo

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Campamento improvisado por migrantes en la ruta de El Sásabe. Foto: Alonso Castillo

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Camino de Las Ladrilleras al desierto, en la frontera Sonora-Arizona. Foto: Alonso Castillo

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Por la noche, fogatas son utilizadas por migrantes y guías para orientarse en las veredas del desierto. Foto: Alonso Castillo

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Colonia Las Ladrilleras. Foto: Alonso Castillo

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Colonia Las Ladrilleras. Foto: Alonso Castillo