La crónica de José Revueltas a 71 años de la erupción del Paricutín

En 1943 por instrucción de Vicente Lombardo Toledano, director del diario “El Popular”, José Revueltas escribió: “Dionisio Pulido, la única persona en el mundo que puede jactarse de ser propietario de un volcán, no es dueño de nada”. Con esa frase inicia la crónica sobre la erupción del Paricutín hace 71 años.

El texto de once páginas fue publicado en tres partes el 9, 10 y 11 de septiembre de 1943 bajo el título Visión del Paricutín.

El 20 de febrero de ese año, los pobladores alrededor del volcán conocieron una ceniza de las entrañas de la tierra, almacenadas quién sabe desde cuándo. Con ese polvo tal vez se hizo el mundo, dijo Revueltas.

Pero nos acercábamos a la ceniza. El camión ya levantaba una columna de polvo, pese al asfalto de la carretera. Trátase de un polvo extraño, que se puede encontrar hoy y se encontrará todavía durante algún tiempo. Un polvo negro, que no pica en la nariz, un polvo singular, muy viejo, de unos diez mil años. Con ese polvo tal vez se hizo el mundo; tal vez las nebulosas estén hechas de él. Y los peces también, quizá, aquellos de los primeros grandes mares.

Algo sentíamos en el espíritu, y de ninguna manera como sensación física. Como si regresase a un lugar ya conocido en el tiempo, pero el cual se hubiera visto jamás; conocido sólo en el tiempo. O como si fuese uno testigo de alguna cosa anterior a uno mismo y anterior, igualmente, a los demás hombres.

El texto se realizó 40 días después de la erupción. Al regresar del viaje, Revueltas conversa con el fotógrafo que lo acompaña:

Cuando el día seis por la noche, avistando el Valle de México y la luminosa pedrería de la ciudad, le pregunté: "¿No te parece la ciudad de México, en estos momentos, con sus millones de luces, como la falda del Paricutín después de una-bocanada de fuego?" Mayo asintió silenciosamente con la cabeza.

Sí. Ahora hay que preguntamos: esa pedrería, esa arena lumi­nosa de nuestra ciudad de los palacios, de nuestros viejos y nuevos ricos, ¿no extinguirá, como aquella otra, los campos y la tierra, agostando las flores, cubriendo de ceniza improrrogable la tremenda patria?

Erupción del Paricutín 2

 

I. Un sudario negro sobre el paisaje

Dionisio Pulido, la única persona en el mundo que puede jactarse de ser propietario de un volcán, no es dueño de nada. Tiene, para vivir, sus pies duros, sarmentosos, negros y descalzos con los cuales caminará en busca de la tierra; tiene sus manos totalmente sucias, pobres hoy, para labrar, ahí donde encuentre abrigo. Sólo eso tiene: su cuerpo desmedrado, su alma llena de polvo, cubierta de negra ceniza. EL CUIYUTZIRO -águila, quiere decir en tarasco-, que fuera terreno labrantío y, además, de su propiedad, hoy no existe; su antiguo "plan" de fina y buena tierra, ha muerto bajo la arena, bajo el fuego del pequeño y hermoso monstruo volcánico.

Todavía hoy, Pulido vive en su miserable casucha de Paricutín, el desolado, espantoso pueblecito. Es propietario de un volcán; no es dueño de nada en el mundo.

Como él, como este propietario absurdo, hay otros miles más, sobre la vasta región estéril de la tierra por la impiadosa geología.

He visto a uno, ebrio, muerto en vida, borracho tal vez no sólo de charanda, sino de algo intenso y doloroso, de orfandad, llorando como no es posible que lloren sino los animales. Estaba en lo alto de una pequeña meseta de arena, frente al humeante Parícutin, y de la garganta le salía el tarasco hecho lágrimas. "Era así", dijo en español, a tiempo que, vacilante, indicaba con sus dos sucias manos una dimensión: "así, de cinco medidas, mi tierrita. . ."

Inclinóse, sentado como estaba, para humillar su negra frente sobre la monstruosa tierra. Luego, al mirar a los que observábamos, volvió el rostro, invadido por agresiva ternura. Se dirigió a otro hombre, tarasco como él, que ahí mismo, en lo alto de la meseta, vende refrescos y cerveza a los visitantes. "Sírveles una cerveza a los señores", dijo como en un lamento suplicante.

Y a nosotros:

-No me vayan a hacer menos, patroncitos. Tómensela por favor

-y su ternura era la misma contradictoria, extraña y colérica.

 

Casas sin voz y pájaros de plomo

La "tierrita" de este hombre, tierrita pequeña, como un hijo, fue cubierta también por la inexorable ceniza del volcán.

He visto los ojos de las gentes de San Juan Parangaricútiro, de Santiago, de Sacán, de Angagua, de San Pedro, y todos ellos tienen un terrible, siniestro y tristísimo color rojo. Parecen como ojos de gente perseguida, o como de gente que veló por noches intermina­bles a un cadáver grande, espeso, material y lleno de extensión. O como de gente que ha llorado tanto. Rojos, llenos de una rabia humilde, de una furia sin esperanza y sin enemigo. Dicen que es por la arena, el impalpable y adverso elemento que penetra por entre los párpados, irritando la conjuntiva. Quién sabe. Creo que nadie lo puede saber.

Sobre el paisaje ha caído la negra nieve. Sobre el paisaje y la semilla. Aquello en torno del volcán es únicamente el pavor de un mundo solitario y acabado. Las casas están vacías y sin una voz y por entre sus rendijas penetra la arena obstinada, para acumularse ciegamente. Tampoco hay pisadas ya. Nada vivo en la Naturaleza, en torno del volcán, sino algunos torpes pájaros de plomo, que vue­lan con angustia y asombro, tropezando con las ramas del alto bosque funeral.

Explotábase antes la resina de los árboles. Al pie del corte practicado en el tronco, se colocaba un recipiente de barro sobre el cual escurría la aromada savia. Hoy rebosan negra arena los pobres recipientes y los árboles generosos mueren poco a poco, sin respiración.

Paricutín, el pueblecito, está solo y apenas unas cuantas som­bras vagan por sus calles en desorden. En tarasco su nombre quiere decir "a un lado del camino", "en aquel lado". Ahora está verda­deramente "a un lado del camino". ¿Cómo se dirá en tarasco "al otro lado", al otro lado de la vida?

"El dueño del volcán". Fotografía: Walter Reuter.

"El dueño del volcán". Fotografía: Walter Reuter.

Revise aquí el texto completo.

La crónica apareció publicada en el libro de José Revueltas En el filo.

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