La guardia, testimonio de Enrique Metinides en la noche de Tlatelolco

Con más de veintiocho años encima, la Noche de Tlatelolco sigue arrastrando el pesado fardo de sus sombras, todavía renuente a dejarse ver. A las horas transcurridas entre la tarde del 2 y la mañana del 3 de octubre de 1968, se les han perdido y se les deben muchas fotografías. Contra la abundancia y calidad de los testimonios escritos de lo sucedido en la Plaza de las Tres Culturas, memoria y denuncia de la masacre perpetrada por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz contra la revuelta de los estudiantes, la crónica fotográfica no se ha impuesto aún a la dispersión y al ocultamiento.

Muchas de esas imágenes se perdieron, a saber si para siempre, por causa de los cateos de las autoridades militares y policiacas, y otras tantas no se conocen porque no han sido desempolvadas de los archivos periodísticos e institucionales. Por censura o por descuido, porque todavía es un expediente sin cerrar que genera temores y prevenciones, la noche fotográfica de Tlatelolco 68 es un trabajo que falta completar. La recolección de los fragmentos visuales en torno de esa noche trágica ofrecería, sin duda, nuevas pistas. A esas imágenes todavía les hace falta mucho por decir, por ver a dónde van y hacia dónde conducen. Ese 2 de octubre, Enrique Metinides, reportero gráfico de nota roja, estaba de guardia. Lo que sigue es la historia de su cobertura.

***

En La Prensa ya se sabía de lo del mitin en Tlatelolco. Pancho Pico, el jefe de fotografía, dio las órdenes de a dónde tenían que ubicarse cada uno de los reporteros: a ti en tal lado y a ti en tal otro. Yo estaba entre los que iban a ir, pero luego de una discusión con mis compañeros, Pancho finalmente me dijo: "Tú te quedas de guardia". Se fueron él y tres fotógrafos más, entre ellos Rodolfo Martínez. Más tarde nos avisaron de la redacción que se había desatado una fuerte balacera en Tlatelolco; varios de los periodistas, inclusive, subimos a la azotea del edificio, en la calle de Basilio Vadillo, y desde ahí pudimos oir los tiros. Luego me comuniqué a la Cruz Roja, donde me contestó Arturo Espíndola, un radioperador, quien me confirmó que el asunto era bastante serio. Entonces el director me dijo: "Vete y que se vaya Juan Nieto contigo". Ya nos encaminábamos hacia el elevador, cuando se abren sus puertas y de ellas vemos salir a Rodolfo Martínez que venía temblando, desfajado, con la corbata corrida y los zapatos en la mano. "Por poco me matan, fue horrible", decía. "Mataron a mucha gente. Me salvé de puro milagro". Lo llevamos al privado de fotografía para que se calmara. Ahí lo dejamos. Ya sentado en una silla, se soltó a llorar como un niño. Más tarde llegó Pancho Pico y contó que, durante tres horas, se había tenido que ocultar en un departamento, en el tercer piso de un edificio próximo a la Plaza de las Tres Culturas.

Nos fuimos en el coche de Juan Nieto, uno que parecía patrulla y tenía radio-teléfono.Tres o cuatro cuadras antes de llegar a Tlatelolco ya no se podía pasar. Al llegar, ya no nos tocó la mera "matazón", pero sí vimos cuando recogían los muertos.

Todavía había balaceras esporádicas; se calmaban y volvían a comenzar. Tuvimos que refugiamos en un restaurant cerca del edificio de Relaciones Exteriores, en Nonoalco y Reforma; ahí estuvimos media hora escondidos en la cocina. Enfrente de nosotros disparaban los soldados. Cuando por fin salimos, nos fuimos detrás de ellos y así nos acercamos hasta la explanada, que estaba llena de cadáveres. Para desalojar la plaza echaron gases lacrimógenos. Los mismos soldados nos dijeron: "Mejor sálganse". Eso sí me tocó. De eso tomé muchas fotos, que luego no encontré en el periódico. Fotos donde están los soldados disparando detrás de los carros o tirados en el suelo.

Enrique Metínides, para la cónica fotográfica de Tlatelolco 68.

En el convoy de las ambulancias me trasladé a la 5ta. Delegación, a donde llevaron veintitantos cadáveres. Entre los que iban, tres me llamaron la atención: una güerita muy bonita, joven, hija de alemanes, que tenía como veinte balazos; una señora como de unos 75 años, que tenía como 6 heridas en la espalda, a quien los soldados atravesaron con sus bayonetas junto con la puerta donde se quiso esconder (porque cuando entraban a las casas mataban a quien estuviera), y un niño como de unos 1 1 años al que le faltaba de la boca para arriba, porque, según decían, lo habían colgado de los pies y lo habían dejado caer desde el tercer piso. ¿Quién era ? No lo sé, pero era un niño de 11 años. Entre tanto muerto, con esos tres sí sentí feo: una anciana, un niño y una muchacha muy guapa . De ella se supo que sus papás eran alemanes, de buena familia. Les había pedido permiso para ir al cine con una amiga, pero se fue a la bola de TlateloIco y ahí en la bola la mataron. Fue muy famoso eso de la güera, porque era de familia acomodada. Era una belleza.

De la 5ta me fui al periódico a llevar mi material, y de ahí me pasé a la Cruz Roja, en Palanca. Cuando llegué, en la noche, la Cruz Roja estaba llena de heridos. Me platicaron que camiones y jeeps del ejército habían llegado, y los soldados se habían metido, con todo y armas, hasta las salas de emergencia y operaciones, a sacar a los que ellos consideraban cabecillas. Veían a los heridos y seleccionaban a los sospechosos. Los cargaban como bultos, los agarraban de las piernas o de las manos y los arrastraban hasta el camión. Ni los médicos ni las enfermeras pudieron hacer nada. Luego entraron al anfiteatro, vieron qué muerto les interesaba e igual se los llevaron al Campo Militar número 1, que de ahí no les quedaba lejos. Así sacaron a mucha gente, heridos y muertos.

Las fotos que tomé en la 5ta fueron de cuando estaban metiendo los cadáveres que llegaban en las ambulancias. De ahí me fui antes de que llegaran los soldados. Pensé que me iban a quitar los rollos, porque todos los días anteriores a esa bronca, que fue de muchísimos días, en varias ocasiones nos quitaron los rollos.

Una de esas veces fue el día que los estudiantes tomaron el Zócalo y bajaron la bandera. Por un alto-parlante, un vozarrón que retumbaba por toda la plaza, les dijo: "Señores ya hicieron lo que quisieron. Ya agraviaron a la bandera. Les damos cinco minutos para que desalojen la plaza". Les hizo tres veces el llamado para que se retiraran, porque si no los iban a sacar a la fuerza. Los estudiantes contestaron con chiflidos y no se salieron. Una barredora humana de policías, soldados y vehículos se dejó venir desde la avenida 20 de Noviembre contra los manifestantes. En su huida, los estudiantes iban rompiendo escaparates y lanzando proyectiles. Vi cuando voltearon un jeep particular.

Después, junto con los demás reporteros gráficos seguí a la valla de soldados y policías que avanzaron hacia la avenida Madero. De repente, a la altura de la calle Gante, se voltearon contra nosotros. Nos amenazaron con sus armas y a todo el mundo le quitaron el material que llevaba enrollado en sus cámaras, incluso la película virgen. A mí me agarraron entre tres soldados y me apuntaron con sus bayonetas: uno en el cuello y los otros dos en los costados. Me quitaron el rollo; toda la película que tenía me la quitaron. Un reportero de Excélsior les quiso tomar una foto a los soldados y casi le amputan el dedo.

Enrique Metínides, para la cónica fotográfica de Tlatelolco 68

Me fijé que el jefe de los soldados era el coronel Arriaga, a quien yo conocía.Llevaba los bolsillos de su chamarra militar repletos y retacados de rollos. Le dije: "Jefe, me quitaron mi trabajo. Devuélvamelo, no hay que ser". Él me respondió: "Luego te lo doy manito". Pero no me lo devolvió; ni a mí ni a nadie. De los reporteros de La Prensa sólo a Francisco Romo, un suplente, no le pudieron quitar sus fotos, porque se había subido al edificio del Departamento del Distrito Federal para tomarlas y no estuvo en el momento de los cateos.

Ese coronel que nos quitó los rollos más tarde tuvo un puesto alto en la Judicial Federal y dentro de la Policía Militar. Nos hicimos amigos. Seguido me lo encontraba en los accidentes y casos policiacos que me tocaba cubrir. Una vez me confesó: "Yo tenía órdenes de quitarles los rollos, porque ustedes sí podían tomarles fotos a los meros importantes y nosotros no. A ustedes, como prensa, los estudiantes no les decían nada. Con las fotos de los periódicos agarramos a mucha gente". Y es que los reporteros siempre nos metíamos a donde fuera; llegábamos hasta donde estaban los líderes.

Así fue como me enteré de que nuestro material fue usado por el gobierno. Además de que el movimiento estudiantil, en La Prensa, y me supongo que en los demás periódicos también, se hacían tres juegos de copias de todas las fotografías referidas a ese asunto: una para la Presidencia, otra para Gobernación y una más para la Dirección Federal de Seguridad, si no me equivoco.

En ese momento, nosotros desconocíamos la razón por la que nos quitaban los rollos, si de todas maneras se iba a saber lo que había pasado. Claro que, cuando hubo balaceras como la de Santo Tomás, donde hubo muchos muertos, luego dijeron que sólo habían resultado unos cuantos heridos. Siempre ocultaban información. Al día siguiente del asunto de Tlatelolco yo vi los encabezados de todos los periódicos. No salió lo que realmente fue. Veintiocho o treinta muertos nunca pudo haberlos ahí. Nada más en la pura 5 a había esa cantidad. La Cruz Roja estaba llena: pasillos, planchas y anfiteatro. Y así estaban los demás hospitales.

No sé si sea cierto, pero en el periódico corrió la versión de que el mismo 2 de octubre, por la mañana, el presidente se había reunido con los directivos de todos los diarios para informarles de lo que iba a suceder con el movimiento estudiantil. A los reporteros nadie nos advirtió nada, simplemente nos mandaron a la guerra.

En la mañana del 3 de octubre regresé a tomar fotos a Tlatelolco. Ahí me tocó ver el cadáver de una sirvienta. Una chamaca como de 12 años que vivía en un octavo piso. Le entró un tiro aquí, en la cabeza, disparado por alguien del ejército, porque encontraron la bala y era del tamaño de las que usaban sus armas. Le entró aquí y le salió por acá, pegó en el techo, rebotó en la pared y luego partió un mueble. Fue muy fuerte el impacto. Eso le pasó a la muchacha por dejar la luz prendida y asomarse. El soldado, me imagino, vio la silueta y le disparó. Y le pegó el tiro exactamente en la frente. Hagan de cuenta que se lo disparó a medio metro de distancia, tan grande que le hizo un boquete aquí en el cráneo. Llegamos cuando la ambulancia del forense la estaba recogiendo. Sus patrones nos platicaron todo eso; que le gritaban que se metiera, que no estuviera viendo. Ellos estaban ahí, pero estaban bien escondidos. Eso sucedió en el edificio de enfrente, no donde fue el mero problema, sino al otro lado de lo que ahora es la avenida Lázaro Cárdenas. Pobrecilla, murió por estar mirando.

Luna Córnea. Conaculta, Centro de la Imagen, 1997.

Este documental presenta los testimonios de siete destacados fotógrafos activos en la coyuntura del movimiento estudiantil de 1968, la rebelión ciudadana que cambio a México y fue reprimida en forma violenta por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. La lectura y el punto de vista de estos profesionales de la lente enriquecen de manera notable el conocimiento histórico de uno de los acontecimientos políticos y culturales más importantes del siglo xx en nuestro país. Al mismo tiempo, nos permite comprender la visión del mundo de algunos de los constructores de uno de los imaginarios visuales más poderosos de América Latina en el siglo pasado.

Crédito de las fotos:
1. Anónimo.
2. Héctor García. Desalojo de estudiantes por el ejército. Zócalo de la Ciudad de México. Septiembre de 1968.
3. Fondo Hermanos Mayo. Plaza de las Tres Culturas, 2 de octubre de 1968. AGN.

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