Natalia Botero: conflicto armado, desaparecidos y derechos humanos en Colombia


"En esta edad oscura en la que vivimos, bajo el nuevo orden mundial, compartir el dolor es una de las condiciones previas esenciales para volver a encontrar la dignidad y la esperanza. Hay gran parte del dolor que no puede compartirse. Pero el deseo de compartir el dolor sí puede compartirse. Y de esa acción inevitablemente inadecuada surge una resistencia".

John Berger

Natalia Botero, fotoperiodista que ha fotografiado la violencia en Colombia y su impacto en la población de ese país, ofreció la videoconferencia "Conflicto armado, desaparecidos y derechos humanos en Colombia".

Natalia conversó desde Medellín durante casi dos horas con asistentes reunidos en la Galería Eusebio Francisco Kino de Casa de la Cultura de Sonora mientras una presentación de su trabajo era proyectada.

La charla se lleva a cabo en el ciclo Tres experiencias actuales de mujeres en la fotografía que organiza Número ƒ en colaboración con la Coordinación de Artes Visuales del Instituto Sonorense de Cultura.

La presentación de Botero se divide en tres partes: Ante el dolor de los demás que incluye retratos de familiares cargando fotos de sus desaparecidos, Conflicto armado, que muestra en contexto los diferentes momentos de la violencia y el terror sobre la población en Colombia y, finalmente, el diario de Jonathan Marín que da seguimiento al caso de la desaparición y localización del cuerpo del joven al tiempo que reconstruye su historia a través del álbum familiar.

El trabajo que Natalia comparte habla del compromiso con las víctimas de la violencia, compromiso que llega a la fotografía con una claridad que se agradece. El trabajo es conmovedor pero además enuncia la importancia de la imagen como protesta, como una herramienta para recuperar y narrar la historia popular, no la que el Estado quiere imponer sino la propia, la que a nivel de vista se alcanza a ver.

El acto ya de la desaparición forzada implica la idea de borrar al individuo, de arrasarlo;  la fotografía es una forma de traerlo de regreso y hablar de el, compartir, dar a conocer su historia es otra manera de devolverle la dignidad.

A esas historias, Natalia les da forma y sistematiza en un formato que recupera el relato y la micro-historia. El trabajo es de investigación y periodismo.

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Natalia Botero: conflicto armado, desaparecidos y derechos humanos en Colombia (texto de la presentación)

Primo Levi dice: “Sus testimonios están llenos de nombres propios, porque es necesario recordar a las víctimas una a una y por su nombre. Ya no pueden ser salvadas, pero pueden ser nombradas, deben ser nombradas. No sólo desde la memoria individual sino desde la colectiva”.

Libardo, Jorge Eliézer, Gerardo de Jesús, Samuel Antonio, Yolian, Esteban…

Saber que los puedo nombrar, memorar y dejar ver, a través de las fotografías, me produce una cierta intranquilidad. Saber que tu imagen se verá y te reconocerán, saber que por medio de una fotografía tu historia se contará. No puedo dejar de contar, de tener que evidenciarte y mostrarte. Me sentiría incapaz de no contar a través de la fotografía el dolor que la guerra colombiana te ha producido: ha robado tu felicidad, se ha llevado lo que más querías, te quitó parte de la vida, arrasó con tus sueños.

Mirarte de frente y comenzar a encontrarte. Recorrer el espacio en que los rayos de luz han develado tu alma: tu mirada lejana, tu rostro cansado, tus labios resecos, tus manos tensas. En tu imagen percibo una infinidad de sentimientos, valores y sensaciones que te han llevado, pese a la ingenuidad y al pudor, a salir en busca de quien es importante para ti: tu hijo, tu hermano, tu esposo; víctimas de desaparición forzada a raíz del conflicto armado en Colombia.

Y al mirar estas fotografías que se dejan nombrar una a una, están representando ellas una pequeñísima parte del drama de la desaparición forzada en Colombia.  Escucho que sus nombres son masculinos, en un gran porcentaje, y al mirar las imágenes de frente descubro en ellas los rostros de mujeres adoloridas inmersas en una profunda tristeza.

La foto se convierte en un permanente diálogo con el otro, con todo aquel que la posee y la deja ver. La fotografía toma un espacio social y familiar tan importante como el texto mismo. Ella narra, describe y recuenta la historia de quienes están ahí.

Las fotografías remontan a una idea particular, a un sentimiento, a un recuerdo, ella construye la memoria del otro. Al igual que nosotros, la fotografía lucha constantemente contra la muerte y el olvido.

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Hoy con la fotografía pongo ante todo no sólo la verdad, sino que pongo en juego los discursos, los métodos; pongo en discusión la importancia de la fortaleza y el poder que ejerce una imagen, pongo  en juego los lenguajes, los códigos y las interpretaciones sobre ella. Pongo a la luz de todos el drama de la desaparición forzada en Colombia.

La fotografía se convierte en el más poderoso símbolo de resistencia de la sociedad, por medio de ella denunciamos, protestamos, reconocemos, rechazamos, adoptamos, revivimos, matamos y amamos.

Aunque basta con mirar los rostros de quienes aparecen en las fotografías para saber que la desaparición forzada toca con mayor vehemencia a un sector de la población, el cual se encuentra en una situación de alta vulnerabilidad. Ataca a los más indefensos, a los que se encuentran en las zonas más apartadas de los centros urbanos, a la clase popular, a los estratos bajos, a los que llevan consignas ideológicas o políticas diferentes a las del Estado, a la clase campesina, líderes comunales, mujeres, niños, ancianos, jóvenes.

En Colombia y en cualquier parte del mundo la desaparición forzada, conduce a la ausencia violenta, de un ciudadano, el cual ha sido privado de su libertad contra su propia voluntad. Se le han violado hasta el más mínimo de sus Derechos, como es el respeto a la libre movilidad, a tener una vida digna y en paz.

Se sabe que mientras haya un cuerpo, como evidencia, habrá de igual manera la prueba de que algo sucedió. Qué ocurrió un hecho violento. Un hecho más que constata el accionar de los grupos armados. El cuerpo es la evidencia de la perpetuación de las prácticas del terror, de unos culpables y de un posible proceso judicial. Las prácticas del horror en desaparecer al otro, impone una ausencia, una pérdida, una ruptura y un gran vacío.

Y es en esta búsqueda que me encuentro con las imágenes de los desaparecidos, como un instrumento de resistencia civil en contra del gobierno y en contra de la propaganda política.

La imagen del otro como denuncia de que algo terrible está sucediendo, usada como prueba, como testimonio de la imagen de alguien que se ha fotografiado inicialmente como un ciudadano para luego esta misma imagen ser usada y representar la búsqueda de los ausentes.

Y estas imágenes que hacían parte de un contexto privado y familiar pasan a ser parte de un escenario público.

El cuerpo se convierte en un botín de guerra. Hay un triple crimen cometido con el ausente, ya que los victimarios no satisfechos con llevar a la fuerza a la víctima, sacarla del hogar, la asesinan, comenten actos de barbarie, como desmembrar, torturar, violar, sino que por último deciden desaparecer el cuero. La evidencia, ya no hay un hecho y no hay unos culpables, ya no hay hechos de lesa humanidad.

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Edilma visita la tumba de su hijo Jonathan, quien fue asesinado y desaparecido en la comuna 13. Foto: Natalia Botero.

Conflicto armado

A veces me pregunto, como lo hace Sontag, ¿Por qué de fotografiar el horror, recordar el dolor, de revivir los sucesos, y mantener presente la muerte?, ¿Por qué las fotografías del sufrimiento y el martirio de un pueblo deben ser mostradas?

A partir de la fotografía se evidencia de la realidad de la guerra porque en ella no podemos mentir; la fotografía es una prueba, ella ayuda a recordar, por medio de ella se hace memoria.

La guerra desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina. La guerra marca un territorio y un cuerpo.

En el 2006 en la Convención de la ONU, sobre la desaparición forzada, se consideró este acto como “un ultraje a la dignidad humana”. Sin embargo, el fenómeno –lejos de ser un recuerdo de los años de las dictaduras– aún persiste y existe en países como México y Colombia, en los cuales no solo el gobierno a través de sus militares son los perpetuadores, sino que se vinculan a estos hechos también el resto de grupos ilegales armados al margen de la ley, vinculados con extorsión, secuestro, narcotráfico y masacres, entre otros, haciendo de éste un fenómeno aún más cruel y doloroso.

Según el último informe del grupo de Memoria Histórica de la CNRR (Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación), sobre San Carlos: Memorias del éxodo en la guerra, 2011,  la modalidad de violencia ejercida con la desaparición forzada, se convirtió en un aspecto de prolongación y profundización del efecto de terror en las masacres,  sumándose a este hecho la negativa, incertidumbre y el suspenso de las vidas de quienes son llevados contra su voluntad.

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