Vivir en tierra violenta

Ramón Eduardo Ortiz León

Me crié en un ambiente de violencia, donde la gente de caballo y pistola era admirada y vista con respeto, en ese entonces los mañosos no andaban en tremendas y lujosas camionetas, ni tampoco se conocían los AK-47.

Las armas preferidas de los moteros eran los M-1, los Mini 14 y los 30-30, para cuidar los sembradíos, la cosecha y la mota lista para su venta, además de los modestos 22, de 16 tiros para cazar conejos, liebres, palomas, cholis, ardillas, venados, jabalíes y si se ponían a tiro uno que otro becerro o vaquilla orejana, para comer y poner a secar.

En reserva y como complemento una 38 súper y si era una  Colt de los 7 chinos mucho que mejor o una 45 reglamentaria, también Colt, de esas que usaban los capitanes del ejército antes, esto para mayor comodidad cuando bajaban por provisiones.

Empecé a conocer este tipo de personas cuando recalaban a la pequeña pero bien surtida tienda de mi padre, para surtirse de provisiones, como harina,  de trigo y maíz,  manteca, entonces el aceite comestible no era acostumbrado para guisar, sardinas, atunes, pastas, sal, azúcar y café principalmente, además de ponerse tremendas borracheras un día o dos, disparando sus armas de vez en cuando al calor de las copas, por las orillas del rancho entre los matorrales, cuidándose siempre de los guachos, como se les dice allá a los soldados.

En el apogeo de la operación Cóndor, tenía yo unos cinco años, cuando llegaban los soldados, arriaban a todos los hombres del rancho y los llevaban hacia el río donde golpeaban a algunos según su gusto o bien lo zambutían en las aguas del río, para obligarles a denunciar a quien poseía un arma en su casa.

Aun y cuando ésta fuera sólo  para su autodefensa, otros eran  obligados a servir de guías durante toda su estancia en la región, para buscar sembradíos por las orillas del río y arroyos terrenos ideales para sembrar pequeñas áreas de marihuana o amapola, según fuera la temporada, verano o invierno.

Hoy a cuatro décadas de distancia no sucede esto pero los abusos por parte de militares en campaña permanente contra el narcotráfico se siguen dando, con una diferencia antes no aceptaban mochadas, ahora cuando llegan a un rancho ya van informados donde están los plantíos y buscan a quien saben son sus dueños para pactar si los dejan o los destruyen.

La vida en el rancho era tranquila, tan ponto oscurecía todo quedaba en silencio, todos se recogían temprano, para ahorrar petróleo que se usaba para las lámparas y cachimbas que se usaban para iluminar las casas, al menos en tanto no hubo electricidad, la cual llegó al rancho cuando yo tenía unos 11 o 12  años. Recuerdo ese día claramente, ya que enfrente de la puerta de la tienda y de la casona donde vivíamos, instalaron un foco de esos grandotes de 120 watts, con una capucha metálica de hojalata arriba, para proteger el bombillo de la lluvia y no tronara en esos casos, ese día casi nos amanecimos jugando a los encantados, las escondidas, las canicas y a la roña, según fuera el ánimo del momento y casi toda la gente junto con nosotros. 

Aunque esa noche jugamos mucho al bote robado teniendo como base el poste del alumbrado público como base.

Unos platicando, otros riéndose de los accidentes inevitables del chiroteo de chamacos y pleitos entre ganadores y perdedores, algunos corrían, acusando con decirle a sus padres para ser vengados, quejándose de trampas o bien por no saber perder. Lo que rápidamente era olvidado, no pasaba de una que otra sonrajada en la cabeza con una piedra lanzada por alguien muy rencoroso, quien al calor del coraje y la rabia, intentaba vengarse de lo que no pudo hacer de manera leal, en algunas ocasiones pegando al plebe equivocado, pero era muy raro.

Todos éramos buenos para las piedras y más cuando se tenía para arrojarlas su tirador (resortera) hecha de hule negro de bicicleta, los jodidos, de hule redondo amarillo, azul o rojo los hijos de quienes tenían más posibilidades. Las resorteras con muchas ligas envueltas en torno a la horqueta eran el sueño de todos para presumir, con ellas tratábamos de matar todo pequeño animal que se moviera alrededor y al alcance de nuestras primitivas armas.

Otro momento memorable en nuestra vida tranquila fue cuando se tuvo el primer chorro de agua conducido por mangueras hasta nuestras casas, pues desde ese día dejamos el acarreo de agua en burro y botes en una palanca de guásima, tanto para el uso doméstico como para tomar.

Esta última teníamos que transportarla desde el campamento del ferrocarril en lo alto de un cerro, que le decían “La Mesa” por ser una gran extensión de terreno completamente plano, donde se construyeron las casas para quienes laboraban manteniendo en buen estado las vías del ferrocarril.

El rancho donde nací, la Agua Caliente de Baca, está ubicado a un lado de la ruta del tren Chihuahua al Pacífico que hoy se conoce como Chepe, que enlazaba la costa de Sinaloa con la ciudad de Chihuahua la capital de ese gran estado.

Teniendo como punto de partida o destino, según el caso el Puerto de Topolobampo o la ciudad de Chihuahua, esa ruta hasta los años ochenta era la única alternativa para surtirse de víveres de la tribu tarahumara y rancheros de la sierra que comparten Sinaloa, Sonora y Chihuahua.

Y es además una de las mas bellas de nuestro país por sus espectaculares paisajes, mar, sierra y grandes planicies, además de poder apreciar la belleza insuperable de la gran Barranca del Cobre, quizás no tan grande como el Gran Cañón del Colorado pero sí más bella porque esta barranca está llena de vida y verdor.

Ir al agua para nosotros era una odisea por razones de niños, estúpidamente racistas, cuando los hijos de los ferrocarrileros salían de la escuela que estaba abajo en nuestro rancho. Esta era la única primaria para gran parte de las rancherías de las cuales la Agua Caliente de Baca, era el centro por su posición geográfica y servicios existentes, como el ferrocarril y las dos tiendas.

Era una odisea ya que al salir de la escuela se formaban bandas de aguerridos chamacos, quienes disputaban con los hijos de los ferrocarrileros a quienes les caía gordo y era una afrenta se les gritara paperos, aún no comprendo por qué ya que todos comíamos ese alimento, chicos, grandes, medianos, viejos, jóvenes. El caso es que así les gritábamos, quizás porque cuando ellos acudían a la tienda casi cada quincena llevaban grandes cantidades de papas y chorizo, que las mujeres de ellos usaban para hacerles sus lonchis para la jornada diaria de 8 horas y eran los únicos que vivían bien pues casi en todas las casas de ellos había las ventajas domésticas de la vida moderna en las ciudades: refrigerador, radio, salas, comedores completos, fregaderos y regaderas en sus baños, al contar con agua corriente y además con drenaje, en casi todos los hogares hasta televisión tenían. Algo que no teníamos nadie en el rancho, allá  abajo, ni siquiera los más ricos —los ganaderos y los comerciantes que eran considerados ricos aunque fuera solo porque tenían carro pero ninguna comodidad de las que ellos gozaban.

Todo eso a pesar de no aceptarlo nos causaba envidia y en el fondo esa era la cuestión y los pleitos vespertinos al salir de la escuela, que en ese entonces nos daban clases hasta las dos o tres de la tarde y algunos maestros bien celosos y amantes de su profesión, hasta las cinco sin recibir por ello ninguna remuneración mas que la satisfacción personal, o quizás era una manera de combatir el aburrimiento y el hastío de vivir y trabajar en una comunidad donde no había mayor diversión que ir a bañarse al dique de aguas termales, el río o el billar, con sus viejas mesas, tres de pool y una de carambola.

Como me salgo del tema dirán pero es que quisiera no dejar nada en el olvido de mi tierra, mi infancia y lo que viví a través de los años.

Volviendo a los paperos, no pocas veces hubo sonrajados por las piedras lanzadas de unos contra otros, destacándose por el bando de los chamacos de La Mesa, Pedro Zamarripa, Mauro “el Mocho” (que me perdone Mauro por el apodo pero los años me han hecho perder algunos buenos recuerdos, no es lo mismo 40 años después, su apodo se lo dimos pues le faltaba parte de un dedo que decían se lo mochó el tren) y César Heredia, “el chiquitolina”, porque era mas grande que la chingada,  estos son de los que más recuerdo momentáneamente.

Todos ellos muy serios, pero nunca dejados, pues para los del rancho los chingones éramos nosotros y los de La Mesa valían madre porque sus padres trabajaban, y en realidad esa era una ventaja para ellos y no lo contrario como pretendíamos nosotros. Con el paso de los años esa rivalidad fue cediendo y al final de mi adolescencia era común que conviviéramos en todas las actividades diarias, escuela y vagancia.

Fueron años, felices e inolvidables, aunque yo creo que para todos o la mayoría de  la gente la infancia es la mejor etapa de nuestras vidas, pues no te preocupas de nada, comes, vistes, te diviertes y no piensas en qué te espera otro día.

La vida en el rancho transcurría así feliz, con ligeros sobresaltos o sucesos extraordinarios que marcaron o influyeron después en nuestro carácter y forma de ser, en el caso mío, el primer encuentro con las cosas malas de la vida, fue el asesinato de mi tío Ramón.

Ahí terminó mi infancia.

Mi tío Ramón

Ese día recuerdo mis papás me mandaron al agua a la estación del ferrocarril donde había un tanque que diariamente era llenado por Poli Heredia, “el Bombero”, para surtir de agua máquinas  y vagones del tren que forzosamente tenía parada para ese fin, de ese tanque se nos permitía llevar agua potable para nuestras casas allá abajo.

Recuerdo que iba yo de regreso a mi casa y en la subida a La Mesa me encontré a tres personas. Eran los músicos que todo el día anterior, la noche y parte de la mañana acompañaron a mi tío Ramón que los había contratado para que le tocaran en una de sus largas pisteadas cuando bajaba de la sierra de cuidar sus animalitos y más que en esas  fechas se hacía una fiesta grande y era tradicional pues bajaban gente de todas las rancherías por ser fin de cursos en la escuela.

Mi tío lo recuerdo muy bien era el más chico de los hijos de mis abuelos Brígida y Chuy, “el huellero”, como le decían a mi tata porque era un indio puro que sabía como rastrear a una persona sin perderle la pista y cuando robaban o mataban a alguien la policía iba por él para que les ayudara en la persecución o cuando robaban ganado. Él se dedicaba también a elaborar las mejores reatas de cuero de la región y a él acudían desde Álamos y Chihuahua muchos rancheros para comprárselas.

Mi tío era un hombre bajito, delgado, moreno y siempre andaba bien rasuradito y cambiado con su camisa de cuadros y pantalones  vaqueros, era un hombre que siempre andaba en su macho o caballo y armado con su pistola; ese día fatal no le sirvió de nada, no recuerdo si esa vez traía su pistola pero creo que no.

Cuando tomaba invitaba a sus amigos y gente del rancho, mandaba llevar cerveza desde Choix además de que siempre que bajaba de la sierra, donde se iba largas temporadas, llegaba con galones o damajuanas de lechugilla, que era prohibida tanto su elaboración como su venta en ese tiempo y las borracheras eran grandes.

El día de su muerte mi tío y amigos tenían toda la mañana paseando por la calle principal del rancho y tras de ellos unos taka-taka que habían ido al rancho para tocar después del baile que una noche antes se llevó a cabo con un grupo musical, no recuerdo cuál fue, creo que Los Cervantes de Sinaloa de Leyva y Octavio Norzagaray, familiar nuestro por parte de mi abuela materna y los locales les decían “Los Pozeños”, al ser casi todos ellos originarios de esa comunidad.

El caso es que molestó a un amigo y socio de mi tío Ramón y compadre de mis papás, que al parecer después de años de trabajar en sociedad por alguna razón estaban enojados entre sí, su nombre Norberto. Así que después de pasar una vez más mi tío con el grupo frente a su casa, el socio decidió al calor de la ira salir a matarle.  Se subió a su camioneta doble rodado que utilizaba para el acarreo de mercancía para su negocio, el otro abarrotes del rancho, y fue a darles alcance.

Los alcanzó antes de llegar al barranco que un arroyo había hecho después de correr por su cauce justo frente a la casa de mi tía Giro, nadie esperaba eso. En el lugar había un socavón en la tierra en la ladera de una pequeña loma de tucurubari y tierra roja que la gente utilizaba para hacer adobes u ollas justo a un lado de la calle que iba rumbo a la salid para ir a La Mesa o El Chorogui y otros ranchos, ademas del cerco grande donde estaban las tierras de cultivo y pastoreo de los ejidatarios.

Por lo que escuché después, Norberto llegó, frenó en seco y bajó del carro con su pistola en la mano y de inmediato disparó a mi tío, propinándole un balazo en la cabeza causando su muerte instantáneamente. Quedando mi tío a un lado del camino, siguió disparando cuando se le echaron encima los compañeros, entre ellos creo iba “el Coruco”, gran amigo de mi padre y ferrocarrilero de oficio, también Lico López y no sé cuántos más. En la refriega para desarmarlo,  le dio un balazo a uno de ellos, creo que a Lico.

No logró disparar más de tres tiros, se le encasquilló afortunadamente la pistola, sino quién sabe cuántos hubiera matado en su momento de furia. Eso fue suficiente para que llegara al lugar mi tío Jesús, quien estaba tomando una soda en la tienda de mi padre, que al ver la acción corrió para detener a quien había matado a su hermano.

Todos ellos andaban desarmados, igual mi tío quien no hallando más con terrones duros del barranco y piedras que casi no había, empezó a golpear a aquel hombretón, pues media casi dos metros, era ancho de cuerpo, blanco y muy fuerte, recuerdo.

Mi tío enfurecido de ver tirado sin vida a su hermano el menor, le golpeó hasta casi matarle en ese momento. Finalmente cansado o quizás creyéndolo muerto, dejó de golpearlo.

Pero no murió hasta mucho rato después, recuerdo que cuando llegué de La Mesa la gente estaba echa bola alrededor del cuerpo. Aún respiraba lo recuerdo muy bien y hacía unos ruidos como que se ahogaba y quejidos casi inaudibles, su cabeza estaba completamente bañada en sangre y entre los cabellos apelmazados por la tierra y la sangre se le miraba algo blanco, eran los sesos que se le salieron en algunas partes producto de las heridas recibidas.

Ahí estuvo tirado horas cubierto con una sábana que alguien le echó encima para evitar las moscas se pasearan por sus heridas, hasta que se presentó el ministerio publico desde Choix a donde fueron dar  aviso.

Para llegar se hacía al menos una hora pese a estar distante unos 27 kilómetros debido al mal estado del camino, y primero se acudió a dar parte al pueblo de Baca por parte del comisario, lugar donde estaba la cabecera de la sindicatura y donde el síndico tenía que acudir a reportar los hechos delictivos sobre todo cuando estos eran de sangre.

Cuando el ministerio público llegó acompañado de una media docena de policías, armados de pistolas revolver Smith and Wesson, cachas de madera casi todos, hacía mucho que Norberto había muerto y en el lugar sólo había curiosos que al ver la presencia de la ley se retiraron para no verse enredados, quedando algunos de los involucrados y testigos presenciales quienes fueron detenidos y llevados amarrados a la cárcel de Choix donde duraron meses unos y más de un año otros antes de ser absueltos, entre ellos mi padre que ni siquiera tuvo participación o estuvo en el lugar en el momento de los hechos pero estaba presente cuando llegó la ley.

Mi tío Chuy se había dado a la fuga y no fue detenido. Hasta que unos 14 años después de andar a salto de mata escondiéndose del largo brazo de la ley, él se presentó voluntariamente para purgar una corta condena de cárcel pues el delito casi había prescrito y se alegó defensa propia, lo que le dio la libertad definitiva al final por el delito de homicidio al considerar el juez que no fue premeditado y había elementos  de prueba a su favor que le absolvían.

A lo largo de tantos años rehuyendo a la ley, mi tío anduvo por los campos agrícolas de la costa de Hermosillo, viñedos y huertos donde conoció una mujer con la que se casó, se fue a Estados Unidos también a trabajar pasando como hoy lo hacen miles de ciudadanos del mundo ajenos al sueño americano, para finalmente asentarse en Ocoroni, Sinaloa de Leyva donde es ejidatario desde hace muchos años y también propietario de un pequeño abarrotes, suficiente para vivir modestamente y sin agobios o penurias.

Estos recuerdo me vienen en un momento crucial de mi vida, tratando de comprender cómo es que lo vivido de chico y el ambiente me afectaron como persona.

Crecí pues en ese tipo de ambiente, en mi familia por circunstancias no deseadas en muchas ocasiones o bien quizás con algo de razón, nos vimos envueltos en hechos relacionados con la muerte trágica y no esperada por causas violentas, como fue la muerte de mi tío Mayel ejecutado por la espalda después de enfrentar a quien quemó la casa de mis abuelos, entre otros casos más que afectan y afectaron a mi familia directa o muy cercana.

Vivir en este ambiente me llevó a realizar actividades ilícitas que nadie vio nunca más. Vendí mota, coca, pastillas, cerveza, alcohol, armas, parque, asimismo sembré y trabajé para otros en la despatada y cuidado de mota, gané mucho dinero a veces para dilapidarlo en alcohol, música de taka-takas igual que muchos en mi tierra. Así también empecé a consumir cocaína, cuando una vez un comprador llevó puños y nos brindó a quienes le vendimos en esa ocasión allá en El Zátaque; a partir de entonces no había borrachera que no la consumiera, me hacía sentir aguantador y podía durar días tomando sin probar bocado, cuando tomaba no necesitaba comer pues nomas comía y ya no podía tomar, no se por qué razón.

Así fue durante años hasta hace unos cuantos que dejé de hacerlo de esa manera y ese fue mi error, creo, pues ahora pasaba más tiempo en casa y eran más los problemas en casa, antes si los había ni me importaba ni los veía.

Debido a esta vida  un año fui detenido tres veces por Estatales con droga, pues basta te agarren una vez para que ya no te dejen y a la tercera cansado de que quisieran su parte de lo que yo ganaba con la venta decidí dejar de ofrecerles. Me habían detenido con 17 dosis de coca y me negué así que me dijeron, “Mira, nomás pa’ que veas que no somos culeros te vamos a mandar a Los Mochis a la federal y te podremos sólo dos para que pases como consumidor”.  Eso sí, se aseguraron de convocar a medios periodísticos para presentar y presumir su chamba pues junto conmigo iba uno de mis clientes y otro que habían detenido con un arma.

Eso lo vio mi abuelo materno, mi tata Daniel, y cuando le vi después de mucho tiempo lo primero que dijo al verme, “Qué bonito te veías Gualito en la televisión”, en forma de regaño claro y todos los que escucharon —mi nana, mi tío Daniel— soltaron la carcajada.

Ellos se quedaron con la droga seguro para venderla por medio de uno de los que pagaban la cuota para no ser molestados y yo pasé dos días encerrado en una maloliente celda de la PGR en Los Mochis donde al fin después de ser declarado, el Ministerio Público me dio la libertad con la pena de acudir a un centro de salud para rehabilitación…nunca fui.

Eso me obligó a salir de mi pueblo pues ya nunca me dejarían en paz a donde quiera  me encontraran, y junto a esposa e hijos, cambiamos de residencia a Caborca, Sonora, tierra que aprendí a querer como propia y donde el ambiente es tanto igual o peor que el lugar donde nací.

Pero ahí gracias a unos amigos incursioné en el periodismo y al igual que todos aprendí a chayotear y en lugar de huir a la ley, la buscaba para que se mocharan a cambio de no hablar de todo lo que gira alrededor de su actuación en el “combate” al delito.

Eso fue unos meses después de haber llegado y haber trabajado en los viñedos que tanto abundan en temporada de cosecha y preparación del cultivo, y al ver la chinga que nos poníamos por poco dinero y mucho trabajo es que decidí radicar en la ciudad y no en el campo como fue al llegar que vivimos con una cuñada.

Algo que recuerdo con mucho sentimiento es que en  una ocasión cuando recién empezaba a reportear sin salario ni nada para hacer méritos es que estaba una vez yo dormido descansando de una de mis prolongadas borracheras sin un cinco en la bolsa y mis hijos sin comer, no teniendo ni para comparar un kilo de tortillas , una sopa de coditos o fideos y un puré para poder alimentarles.

Mi hijo mayor en su inocencia pues contaba apenas con cinco o seis años me dijo “Papi ¿por qué no vendes mota como en el rancho?”. Sentí que algo se me venía y se me iba desde el estómago a la garganta y no me da verguenza decirlo, sollocé y pensé qué hacía yo con mi vida y la de ellos. Me levante y fui a ver a uno de mis jefes, le pedí prestado 100 pesos hace ya 19 años para comprar ingredientes y que mi esposa hiciera tamales para ir a vender. Antes le dije cuando llegó más tarde pues en ese momento no estaba, vete a con tu hermana y claramente le dije “para que coman yo voy a buscar prestado para a ver qué compro”.

Quien era mi jefe no me prestó dinero me dijo no tenía, yo sabía que sí tenía pues le habían pagado por la mañana una factura, esperé llegará el otro socio y  le pedí lo mismo. Él sí me prestó los 100 pesos, me fui a la tienda, compré un kilo de carne, un paquete de hojas para tamales, manteca de res, chiles de rajas, tomate, papas, calabacitas y zanahorias entre otras cosas y cuando  llegó mi esposa le dije que hiciera tamales para ir a vender a la estación del tren cuando llegara “el burro”,  así le decíamos al tren de segunda que paraba siempre en Caborca.

Otro día con una cubeta de plástico al hombro, no me dio vergüenza me vieran conocidos o no y con miz zapatos que tenían un agujero en la suela, pero no se veía, agarré camino rumbo a la estación decidido a llevar dinero para alimentar a mi familia. Recuerdo que no vendí todo y decidí irme al hospital del seguro social lugar donde hay siempre personas que necesitan comer y no pueden salir mucho tiempo por estar al pendiente de algún familiar enfermo. No vendí tampoco todos pero sí saqué lo invertido y un poco más para volver otro día, eso sí mis hijos se hartaron de tamales ese día

Lo hice durante un tiempo y a partir de ahí traté siempre de que en casa no faltara la comida y sí me iba a tomar llegaba siempre con mandado, aparte mi esposa encontró trabajo y de una forma u otra los hijos ya no volvieron a pasar hambre  como en esa ocasión.

En ese momento  debí haber cambiado mi rumbo, no lo hice y hoy la violencia ejercida contra mí y ejercida por mí con mi familia me cobra factura, no justificaré nunca mis acciones con ello pero forma parte de mi vida en el error, ahora sólo queda seguir en la senda iniciada hace años y buscar ser mejor persona y recuperar lo perdido.

De niño nunca recibí una frase cariñosa de mis padres mucho menos de la familia cercana, quizás la única que lo hizo fue mi nana Vica. Algunas veces muy raras por alguna razón yo me acercaba más a ella que a otros familiares y quizás por ello. Meses antes de morir y presintiendo pues ya había sufrido un infarto ella me dijo: “Gualito cuando yo muera quiero que me entierren junto a tu tío Ramón” (Ramoncito creo fue su palabra exacta). En ese momento no entendí ese gesto y esa petición que no hizo a una de sus hijas o hijos, sino a mí. En su honor quise ponerle su nombre a mi única hija ella no me lo permitió, me dijo, “Gualito nomas le pones Brigida  a la niña y no te hablaré ya más”. Le hice caso aunque no es un nombre feo.

Ella así se lo dijo a una de ellas quien cuando murió mi nana me dijo, “Oye Gualito, mi amá dijo que tú sabías dónde quería ser enterrada”, diciéndole yo que así era pues lo recordé en ese momento, contestando “junto a mi tío Ramón” eso me dijo y me hizo le prometiera que no dejara le fueran enterrar lejos de su hijo amado el más chico de todos y tantas veces llorado.

Por alguna extraña, inexplicable e incompresible razón, los padres desarrollamos una conducta que nos hace preferir, no esa no es la palabra adecuada, quizás no la haya para explicarlo. Es una actitud que puede hacer pensar a los hijos mayores que a ellos no se les quiere y ama de la misma manera, lo comprendo hoy al pensar en eso de mi nana Vica ya que en casa siempre se ha dicho que a quien yo siempre quise más fue a Iván el más pequeño y que durante años hasta llegar a la adolescencia fue siempre muy apegado a mí, eso ya no sé si lo sienta igual.

Así fue que no recibiendo jamas cariños o expresiones de amor familiar al ser vistas estas manifestaciones como no propias de un hombre, lo mismo hice yo con mis hijos y mi esposa a quien tanto amo, llevando esta actitud, una más de entre muchas malas actitudes a que mis hijos y ella misma consideren que nunca les quise o quiero.

Por eso es que escribo esta historia para que sí la lee la persona que sea, vea que el dar y expresar amor no debe de ser visto como una debilidad de hombre o mujer sino de fortaleza, no es débil quien dice te amo, te quiero, lo es quien no lo expresa y lo manifiesta. Quizás hoy ya no pueda remediar nada, pero empezaré con ello y jamas negaré un te quiero o te amo a las personas que amo más que mi vida, en tanto no llegue la muerte.

Amo a mi familia, amo a mis hijos sin distinciones, amo a la mujer de mi vida, amo a mis padres, amo a mis amigos, amo a la gente, amo a mi país y sobre todo amo a la vida, pese a verla con coraje por las injusticias que a diario veo se cometen en nombre de Dios y la patria.

Por eso me ven siempre enojado, malhumorado, serio, pocas veces alegre, pero no es mi culpa creo yo, eso es parte de la vida y de un ambiente en que me desarrollé y estoy seguro muchos más de la misma manera.

La violencia marcó mi vida y quizás nunca pueda yo cambiar eso pues el pasado no se cambia y es irremediable por más que volvamos la vista atrás para decirnos o preguntarnos ¿Volvería a hacer lo mismo?. Creo que sí pues no es uno solo viviendo en sociedad quien se moldea carácter y actitudes, son las circunstancias y eventos de la vida quienes te forjan y te forman.

La vida nadie la tiene asegurada para siempre, es corta y al final te das cuenta de los errores cometidos y no queda más que tratar enmendarlos.

 

 

Ramón Eduardo Ortiz es periodista hace 20 años y editor del sitio Noticias de Caborca desde 2010.  Ha colaborado en El diario de Sonora, Nuevo día, La verdad de Altar, La voz del Noroeste y Noticias de San Luis Río Colorado. Ocasionalmente ha escrito para Contralínea, el semanario Río Doce y  Nuestra Aparente Rendición.

Ha publicado en forma independiente los libros Historias mías o liberando al león de su jaula y Crónicas No-veladas o el león ya salió de su jaula.

Noticias de Caborca, Ramón Eduardo Ortiz León.

Para leer el texto en su versión original, siga este enlace: Noticias de Caborca, Vivir en tierra violenta.

 
 

Los muertos en Tlatelolco, una investigación de Kate Doyle para exhumar el pasado