Rogelio ¿Qué miras cuando me miras?

Por Carlos Sanchez

La cortina se abre y es el sonido similitud de lluvia constante. La cortina con su nobleza al recorrerse construye una ventana para captar lo que la pupila ordena, edita, lo que elije como impulso es un aviso desde el corazón.

La cortina está dentro de la cámara fotográfica, las obsesiones y el deseo adentro de la historia y lo que en ella ha podido observar, observarse, el fotógrafo Rogelio Cuéllar: diletante del divertimento, dueño de un bagaje implacable, viajero desmesurado.

Rogelio es un niño que toma en sus manos el compromiso de la cámara y no deja de hacer preguntas mientras dispara. Rogelio constructor de un sueño, muchos sueños que han de imprimirse de manera manual, en el laboratorio donde él habita y es su departamento, en el de efe. Rogelio va y viene por los mundos que no son pocos, y en sus hombros una mochila, dos, tres, chisteras donde va de a poco atrapando tesoros como palomas que en cualesquier instante echará a volar sobre galerías, medios impresos, libros, revistas.

Parte de su currículum, lo que ha hecho en su trabajo como retratista, está en Escritura de Luz, una publicación desde la Universidad de Alcalá-Instituto Cervantes, en España, y contiene retratos de escritores hechos por Cuéllar: José Emilio Pacheco, Rafael Alberti, Mario Benedetti, Elena Garro, Margo Glantz, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, entre otros.

En esta publicación el poeta José Emilio Pacheco afirma a través de un poema sobre el fotógrafo: Las obras de Cuéllar no tienen título. / Cada una se llama fotografía, / escritura de luz literalmente. /Todo se libra a tu imaginación. / Ves lo que quieres / en lo que Cuéllar te ha obligado a ver / enfocándolo / aislándolo del tumulto que llamas realidad / y que te asalta / a razón de unas cien imágenes por día. / No sé cómo veríamos el mundo / si no hubiera fotos como éstas /  que lo revelan revelándolo / desvelándolo / quitándole los velos / que nos impiden verlo de verdad / y lo oscurecen. / Pero en este momento / llega el fotógrafo: / la escritura de luz enciende el mundo.  

Rogelio Cuéllar / jaime_sabines

Rogelio Cuéllar: su personalidad es la de un caballero que sonríe a la par que mira. Siempre mira, siempre sonríe. Y dueño de una energía implacable, parecería que siempre tiene ánimo de vivir a través de la conversación, de sus talleres, charlas, exposiciones, a través de su oficio que es indagar. Indaga siempre, sus ojos son un niño en berrinche que desea habitar las nubes, el cielo todo. Tal vez por eso en su deseo de engullirlo el mundo, dispara con su cámara, siempre.

Gentil en el trato con sus retratados, la pregunta salta:

¿Hay diferencia al momento de disparar cuando el objetivo es un hombre o una mujer?

No. Creo que en ese sentido es exactamente lo mismo. Necesito primero que nada saber lo que hace cada quien, individualmente; si es poeta qué poesía ha escrito, si es pintor qué cuadros ha hecho, si es compositor qué ha compuesto, el conocer primero su bagaje; para entonces, no le haré ningún diálogo, pero ya conozco su universo. Y sí, lo que busco es la mirada y a partir de la mirada sí existe una seducción, hacia hombres y mujeres, quiero seducirlos para lograr, o aspiro a captar algo de su alma.

Al verte disparar me imagino que te diviertes.

Es totalmente cierto. Hay una actitud, es un placer mi trabajo, por eso he decidido trabajar con creadores y personas comunes. Con los políticos, no, porque finalmente los políticos son actores y la mayoría son malos actores o buenos actores pero son malos como políticos, me actúan un papel que ya saben y lo repiten. Con los creadores es la seducción de conocer su trabajo, que me inviten a su espacio, me gustan mucho sus espacios, no uso luces artificiales, no muevo nada, con luz natural me voy metiendo, comienzo desde lo general, desde una panorámica para irme cerrando desde long shot hasta un close up.

Si bien es cierto hay un divertimento, porque lo asumes, también tu mirada delata un compromiso permanente con la cámara y el fotografiado ¿cómo nacen estos compromisos?

Ahora lo veo muy sencillo. Tengo treinta y tres años haciendo fotografía ¿Cómo comencé a hacer los retratos? En mi profesión como fotoperiodista en un evento se puede lograr un retrato de un personaje pero he aprendido a través de todos estos años que para tener un buen retrato se requiere una sola cosa: diálogo. Y el diálogo es de mi mirada, si no me mira a quien fotografío, no tengo el retrato. Y qué es lo que pasa cuando le exijo la mirada, porque no la pido, la exijo ¡mírame! Se transmite una corriente eléctrica, se siente en la espalda, la mirada es muy fuerte y al exigir la mirada hacia  mí hace que sucedan cosas muy interesantes. Juan Gelman (escritor argentino) al decirle mírame, dijo ¿A quién veo, a ti o a la cámara? Tengo tres cámaras, una 35, otra que veo hacia la cintura, y le digo a Gelman, veme a mí, a mis ojos, y ahí está. Y ahorita que hablo de Juan Gelman recuerdo que me hizo una pregunta hermosa hace seis meses, me preguntó ¿Oye Rogelio, qué miras cuando me miras? No le pude contestar porque todavía no sé qué miro cuando lo miro.

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¿Estás consciente de que tu trabajo fotográfico no es sólo a través de la cámara, sino que es también tu personalidad la que hace que logres estos retratos?

Claro. Todo comenzó cuando empecé a hacer fotos a los diecisiete años y que comencé a ver fotografía en libros, en galerías, aún no había viajado y comencé a ver a los grandes fotógrafos, a estudiarlos, porque de alguna u otra manera soy autodidacta, comencé a hacer fotografía porque sí y a aprender en la marcha y sigo aprendiendo; por eso me da mucho gusto dar talleres, conferencias, porque aprendo.

Todos los fotógrafos importantes en la historia de la fotografía, de todas las nacionalidades: norteamericanos, franceses, mexicanos, independientemente de su trabajo —si es reportaje social, paisaje, o ruinas— han fotografiado el retrato de sus contemporáneos, entonces me hice una reflexión hace veinticinco años: yo vivo en México, nací a mitad de los cincuenta, a los treinta años. En mil novecientos ochenta, me dije, necesito hacer un registro de los creadores contemporáneos a mí y entonces me fui a los que nacieron en mil novecientos: Tamayo, Anguiano, Octavio Paz, Jaime Sabines, mil novecientos diez, mil novecientos veinte, mil novecientos treinta, y a la vez fotografiando a mi generación, los que nacieron en los cincuenta —Arturo Rivera, Gabriel Macotela, Boris      Viskin.

Cuéntame la fotografía de tu autoría que más te ha trastocado, que más te ha dolido.

Es una foto de mil novecientos sesenta y siete. Yo soy un fotógrafo callejero, me gusta salir, en todos los lugares que visito voy con mi cámara en mano, y vi una niña sentada en un pórtico con su muñeca, de una vecindad del centro histórico de la ciudad de México —como hay tantas ciudades, como la ciudad de Hermosillo— y que en el centro tiene unas calles y bardas hermosas. Entonces vi a una niña con su muñequita, frágil, con sus zapatitos bien abrochaditos, medio rotos, el muro esgrafiado, no había el grafiti como tal, raspado por el tiempo, mil novecientos sesenta y siete, esa fotografía es un parteaguas en mi trabajo, es mi fotografía de la vida cotidiana, la realidad social que me interesa y me preocupa, el retrato de la niña como retrato, el concepto plástico del muro, el esgrafiado, esa foto me significa mucho.

Después del sesenta y siete y esa fotografía viene el sesenta y ocho ¿cómo vives ese año?

El sesenta y siete comienzo a hacer fotos, a mediados del sesenta y ocho pido trabajar con un fotógrafo de prensa, Armando Salgado, de la revista Sucesos para todos; tómate en cuenta que tengo diecisiete años y medio, por la naturaleza de la edad hay una rebeldía, se da la represión, se dan los movimientos, afortunadamente no estuve en Tlatelolco, pero estuve en manifestaciones previas y posteriores y al ver la represión sale una rebeldía: no sirvo para organizar, no sirvo para lanzar piedras, y me di cuenta que servía para registrar los gestos, es una actitud social, es mi responsabilidad, soy fotógrafo, tengo que registrar mi entorno.

¿Te habría gustado estar en Tlatelolco ese dos de octubre?

No, porque no estaría platicando contigo, es lo más probable.

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Proceso y La jornada

Rogelio Cuéllar conversa ahora debajo de un yucateco, en Hermosillo, Sonora, vino a inaugurar su exposición Tabula rasa. Cuéllar sostiene en su mano una cerveza oscura, mientras habla en torno hay humedad y alegría. Debajo del yucateco da un vuelco a la memoria, a esos días de participar en la fundación de la revista Proceso.

Trabajaba en ese tiempo en Revista de Revistas con Vicente Leñero. Como freelance siempre quería buscar una chamba, tenía veintitrés años, un hijo de un año, ya quería buscar una chamba fija; le decía a Leñero, dame órdenes de trabajo e hice lo mejor, gané el Premio Nacional de Periodismo a los veintitrés años, en mil novecientos setenta y tres, entonces le digo a Vicente: preséntame con Julio Scherer, me presenta y don Julio me dice Lo felicito, pero a mí no me significa eso nada, yo quiero la mejor foto mañana. Para mí fue un buen principio de aprendizaje.

¿Cuál fue la mejor foto de mañana?

Todavía no la hago. Leñero me dice, Ya ganaste el premio de periodismo en Revista de Revistas, creo que vamos a hacer algo para que entres a la cooperativa del Excélsior ¡Y moles que viene el golpe de Excélsior y corren a Scherer y a Leñero! A mí no me corren porque no me habían contratado pero me voy con ellos y fundamos Proceso.

Estuve siete años ahí. Scherer me presenta con Fernando Benítez para que participe en el suplemento Sábado —feliz, suplemento hermoso, de página completa. Scherer hace un concurso con Nueva Imagen, Guillermo Schavelzon, invita a García Márquez, Cortázar, como jurados, nos invita a la reunión, a Cocoyoc, Morelos; conozco a Cortázar, a García Márquez, les hago unos retratos, los ve Scherer y dice Llévaselos a Benítez para que te publiquen. Voy con Benítez y feliz pero como freelance creo que ni las cobré porque me daba pena cobrar, dinero sí me hacía falta pero me daba pena, ya con publicar yo estaba feliz, no sabía que sí pagaban. En fin...

Ahí ya conozco al director de Unomásuno, Carlos Payán, me felicita por el trabajo y le digo, quiero que me contraten como fotógrafo, he visto lo que ha hecho Pedro Valtierra en Nicaragua, contrátenme. Dice, Espérate, espérate, y quince días antes que me contrataran renuncia Carlos Payán y la mitad de los periodistas de Unomásuno. Le digo ¿Oye Carlos, no me iban a contratar? dice No, vente, vamos a fundar otro periódico, y fundamos La Jornada. Ahí sí compré mis acciones: veinte mil pesos, me prestaron dinero para comprarlas y estuve siete años en La Jornada, que fue importantísimo porque se le dio una gran fuerza a la fotografía: Pedro Valtierra, Francisco Mata, Marco Antonio Cruz, dos mujeres, Frida Hartz, Elsa Medina, hicimos el nuevo periodismo mexicano, lo cual es un gran privilegio.

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¿Cuál ha sido el escritor que te ha dejado mayor aprendizaje?

Cioran. Emil Michel Cioran. Lo había leído tardíamente, a partir de los treinta años, entonces yo dije, quiero conocer a este gran escritor. Una amiga mía, quien ya falleció, Esther Seligson, fue la que me regaló el primer libro de él. Lo leí, me interesó mucho, le dije: quiero conocerlo, ella dijo, Si lo has leído sabrás que no va a querer que le tomes fotos.

Me voy a París, sabía nomás decir oui, y a la novia de un amigo oaxaqueño que vivía en París le pido que hable con Cioran, dile que quiero una cita para hacerle fotos, la novia de mi amigo habla y dice: sí, que te da una cita, pero que no le interesa que le hagas fotos y dice que si la quieres en la mañana o en la tarde. Era noviembre, y digo, pues en la mañana, por la luz, y dice: Sí, te la da el siete de febrero dentro de tres meses, en la mañana, a las once.

Esperé y al ir con Cioran —quien vivía en metro Odeón en París— en el tapete de la calle decía: Monsieur Cuéllar, cuarto piso (o tercer piso). Subo, me da las claves para abrir la puerta, subo la escalera, en su puerta decía: Monsieur Cuéllar aquí; toco la puerta, me recibe su mujer, italiana: Monsieur Cuéllar, bienvenido ¿quiere que le hable italiano, inglés o francés? pero no me dijo español.

Me reciben a las once de la mañana,  me ofrecen té, café, veo a un tipo hermoso, con su cabellera, sus manos con venas transparentes, le digo, monsieur Cioran, soy fotógrafo, quiero hacerle fotos, me contesta que no, no quiere fotos; le digo, aquí traigo mi portafolio de retratos, lo comienza a ver con mucho cuidado, y le digo, uno de esos es su traductora, Ester Seligson —no se conocían físicamente, nada más por carta. Ve la foto de Ester, la agarra, yo veo sus manos, su cabellera, una cabellera de león, su rostro transparente; le digo: monsieur Cioran, yo soy fotógrafo, Ya sé que es fotógrafo, me dice —se me cocían las manos por hacerle fotos— y acaba de ver mis fotos y me dice Haga lo que quiera. Hice cinco rollos en dos minutos, cinco minutos, fue muy impresionante.

Continúa siendo impresionante tu pasión y ese compromiso con la foto, creo que no hay diferencia entre esos diecisiete años cuando empezaste a este momento de tu vida.

Sigo aprendiendo mucho.

***

 

En las fotografías:

1. Jaime Sabines. Foto: Rogelio Cuéllar.

2. Lola Álvarez Bravo-Juan Rulfo. Foto: Rogelio Cuéllar.

3. José Revueltas-Rosario Castellanos. Foto: Rogelio Cuéllar.

4. Alberto Gironella-Efraín Huerta. Foto: Rogelio Cuéllar.

 

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