Las crisis del periodismo (comentario a la clase de ayer)

En la clase de ayer, hablando del mercadeo periodístico salieron algunos buenos argumentos en el contexto de la crisis y la transformación digital (o del mundo entero).

Cuando en diferentes materias hablo del periodismo actual, inicio con la discusión del artículo de Eva Aladro Vico sobre las cinco crisis del periodismo (2013), en el que se pinta un repaso de la profesión entre 1920 y 2010 desde el punto de vista de las etapas progresivas de crisis ética, profesional, política, tecnológica y financiera. En este lapso gradualmente los rasgos de una fase se agregan o acumulan encima de la otra: primero está la renuncia a la responsabilidad social de informar para crear opinión informada que estimule la democracia; luego de esa separación, el periodismo se erige al vacío sobre sí mismo, carente de otra sustancia que no sea el culto al interior; y posteriormente se forman alianzas con el poder político en las que se consolida la jerarquización de las fuentes entre otros procedimientos (de los que resulta el desapego de la voz popular que persiste hasta nuestros días y el rompimiento de la autonomía en tanto se acerca a distintos grupos de interés y poder político y económico).

Cuando ocurre la llegada de la tecnología digital, la acumulada pérdida de credibilidad no se puede superar y a esta fase se suma la caída financiera como el último eslabón de la cadena. En este punto se resalta que el asunto de la credibilidad en el entorno digital no es una condición coyuntural agregada por la irrupción de nuevos medios y perfiles profesionales, sino un rasgo estructural que se gesta durante décadas por las acusaciones de manipulación y propaganda que el periodismo arrastra desde siempre. Al respecto, Lippmann, al escribir sobre la cobertura de la Revolución Rusa y la propaganda en el Times de Nueva York ya señalaba en 1920 que la crisis de la democracia occidental era en realidad una crisis del periodismo:

“Sus motivos pudieron haber sido excelentes. Querían ganar la guerra; querían salvar el mundo. Estaban nerviosos por los acontecimientos emocionantes. Estaban desconcertados por la complejidad de los asuntos y los obstáculos que creaba la guerra. Pero cualesquiera que fueran las excusas, las disculpas y las atenuaciones, lo cierto es que un gran pueblo en una crisis suprema no pudo obtener la información mínima necesaria sobre un acontecimiento de suma importancia” (Lippmann, 1920).

Y en la misma dirección:

“No estoy de acuerdo con quienes creen que la única causa es la corrupción. Hay mucha corrupción, sin duda: control del dinero, presión de castas, sobornos financieros y sociales, premios, cenas, clubes, politiquería… Y, sin embargo, la corrupción no explica la condición del periodismo moderno” (Lippmann, 2020).

Y en complemento:

Las funciones que la doctrina liberal clásica había atribuido a la libertad de prensa –proveer de información, vigilar al gobierno, plantear y debatir propuestas– resultaban tener gran parte de mitología (Aznar, 2014).

Hace unos años al revisar el mismo texto, después de la lectura un estudiante de noveno semestre sentenció a manera de conclusión: ¿y qué tal si el periodismo no está en crisis y está siendo lo que siempre ha sido?. Esa pregunta toca con tanta sencillez como profundidad el centro de la discusión acerca del estado de la profesión en la actualidad: primero, que desde el momento en el que se definió el corpus de la profesión, el periodismo ya estaba en crisis; segundo, que esa situación es señalada por el autor al que se le debe el debate ético, la incorporación del argumento de la opinión pública y el papel del periodismo en la democracia deliberativa, en suma, el autor que da forma a la teoría del periodismo en el Siglo XX; tercero y último, que si al periodismo se le dificulta a tal grado cumplir con la expectativa y mantenerse dentro de la norma, entonces al menos como exploración tenemos que pensar si no es que le corresponde otro cuerpo de valores que explique su comportamiento.

Otros aspectos de la discusión destacaron que la transformación digital está en curso y que deja algo y todo por descubrir; y que aunque el periodismo sigue cayendo (en el sentido de degenerar en contenidos por la multiplicación de fuentes y la mayor competencia sensacionalista por la atención de la audiencia), es el volumen de consumo en proporción de 99 a 1 el que tiende al contenido viral y no a la información general (confiable o racional) sobre el mundo. Y aquí la declaración lapidante del Papa Francisco que en entrevista para el semanario católico belga Tertio en diciembre del 2016, hacía una crítica en forma de analogía entre la desinformación y la coprofilia  (a propósito del manejo de las noticias en el contexto de las elecciones de ese año en Estados Unidos), en medio de los señalamientos en contra de Facebook y Cambridge Analytica por la manipulación del voto que favoreció a Donald Trump.

Aunque esa declaración de Francisco no tuvo gran repercusión, en un análisis del discurso de la época y del surgimiento de las noticias falsas en la era digital, tendría que figurar la frase por el peso de los símbolos y las condiciones objetivas: el Papa, la coprofilia, la desinformación, el periodismo, las redes sociales, el proceso electoral, etcétera.

Por cierto, al jerarca católico ya se le había caracterizado antes por sus arriesgadas opiniones y su perfil progresista, aunque en aquel 2016 el contenido de la declaración parecía responder a un clima igual de intenso en el que el petirrojo presidente estadunidense aparecía en los titulares de las noticias repitiendo la frase “fake news, fake news, fake news” hasta que ésta se coló en la agenda para quedarse. Tal vez sin mucha intención, la respuesta a Tertio pareció una especie de Tercera Ley de Newton: “A toda acción le corresponde una reacción igual pero en sentido contrario”.

Personalmente creo que el patrón errático ahí es que el periodismo a fuerza de repetición haya logrado que una expresión sin sentido ocupara un lugar en el lenguaje cotidiano hasta ser normalizada; y en una línea muy parecida, que también convierta hechos y personajes igual sin sentido en agenda informativa. Guardando las proporciones, eso es tanto como hacer las relaciones públicas de la política, el crimen organizado o el terrorismo.

¿Y entonces qué viene? ¿qué sigue para el periodismo? Adivinar el futuro por nuestra cuenta parece un tanto ocioso. Para eso resulta más productivo consultar la selección anual de predicciones a cargo del Laboratorio Nieman 2026. En esta edición aparecen entre muchas otras personajes, Jeff Jarvis y el veterano Tom Rosenstiel. Sobre todo y esto vale la pena señalar, aparece Maritza Félix, periodista sonorense especializada en migración, actualmente avecindada en Arizona, que inició su carrera hace unos 15 años cubriendo nota roja en el diario local La i.

De todas formas, para no dejar la sensación de dispersión ante la pregunta, los proyectos de comunicación focalizados son una forma de enfrentar la fragmentación de las audiencias. Entre eso y explorar e inventar alternativas de financiamiento, habría que asumir que el rango de utilidades no será igual al de los mercados monopolizados por una sola empresa de noticias como ocurrió antes. Y este hecho resulta positivo también para regresar al espíritu de responsabilidad y compromiso profesional como punto de partida y defender la idea de que el contenido es el rey (salvo la odiosa referencia a la monarquía y el patriarcado, la regla funciona). ¿Una utopía? Tal vez sí, pero el periodismo se trata más de utopías que de enriquecimiento.

La transformación está en marcha y sus manifestaciones son indudables. Y por catastrófico que se mire el escenario, los cambios anuncian al mismo tiempo el fin de una serie de procesos-mitos que corresponden a una era y el surgimiento de otra. Se trata de buscar nuevas respuestas para preguntas viejas, diría Newell (2001). Ante esto y ya que el futuro no será ni más organizado ni menos digital, es importante reconocer el cambio para buscar la comprensión teórica y práctica en tiempo presente y no al final del eco, que es como actuamos cuando al fenómeno lo entendemos en el futuro.

Es natural hasta el momento no entender, puesto que internet apenas cumple 30 años. Es decir, estamos todavía en la cresta de la ola y celebrando sin entrar en la evaluación de los daños. Pero hay que dar ese paso. Y claro, parecería de tontos contradecir el gran mito tecnológico pero ante todas las manifestaciones yo no puedo dejar de pensar en el cuento “El traje nuevo del emperador”.

Para tener una dimensión del cambio, hay que comprender y analizar algunos datos. Según el Banco Mundial, hace diez años, el porcentaje de teléfonos móviles en América Latina era del 107 % (más teléfonos que personas). Para 2025, la cifra mundial de acceso a internet por telefonía móvil ya era mayor que el acceso por conexiones fijas. Respecto a la población mundial en 2025, si el noventa por ciento tiene un teléfono inteligente en la mano ¿cuántas aplicaciones instaladas hay en el mundo? (pueden aplicar un promedio de 5 aplicaciones). Ese es un mercado de datos impresionante, un súper dilema de privacidad, vigilancia, ansiedad y otros efectos congnitivos.

Desde estas cifras es importante también proyectar los impactos sociales y culturales para pensar una mercadotecnia responsable, sobre todo si hablamos de impacto ambiental.

Lectura complementaria (sobre el cambio de era y otras cosas)

Colonialismo de datos: repensar la relación de los datos con las personas.

La ONU declara bancarrota hídrica.

“Construir algo mejor”. El discurso de Mark Carney en Davos.

Los monstruos de fin de ciclo.

Los cuatro pecados que el periodista debe evitar, según el Papa Francisco.

Entrevista del Papa Francisco en el Semanario Tertio (transcripción).

Oficina de prensa, El Vaticano (versión original en inglés).

Aquello es ahora, y esto fue entonces: WalterLippmann y la crisis del periodismo

Lippmann, W. (1920). La libertad y las noticias.

Referencias

Aznar, H. (2014). Democracia deliberativa y ética de la comunicación: una vuelta de tuerca más al debate Lippmann-Dewey. Dilemata, (14), 37-60.

Lippmann, W. (2020). Liberty and the News (p. 47). mediastudies. Press.

Lippmann, W., & Merz, C. (1989). A Test of the News. In Killing the Messenger: 100 Years of Media Criticism (pp. 86-106). Columbia University Press.

Newell, W. H., Wentworth, J., & Sebberson, D. (2001). A theory of interdisciplinary studies. Issues in Interdisciplinary Studies.

Vico, E. A. (2013). Las teorías profesionales y las 5 crisis del periodismo. CIC. Cuadernos de Información y Comunicación18, 69-81.

 

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